Game of Thornes - RumBelle Fanfic
Chapter I: Thornes

CAPÍTULO I: THORNES

Era primavera.

El sol brillaba y el tiempo era agradable, o eso le pareció a través de los inmensos ventanales. Hacía poco que no se podía ver nada debido a las gruesas cortinas de terciopelo rojo sangre pero ahora contemplaba el paisaje con una cálida sonrisa en los labios. Consiguió quitarlas y el simple pensamiento le aceleró el corazón. ¿Por qué?

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Prologue

PRÓLOGO

              “Sólo te quedará un corazón vacío y una taza quebrada”

Escuchar aquello le dolió en el poco alma que le quedaba. Sintió que le desgarraban el corazón, un corazón que creía frío como el hielo y duro como la piedra. Por una vez en mucho tiempo, desde que perdió a su hijo, se había sentido humano y él, sólo él, lo había echado todo por la borda. Y no sólo eso.

Lo había destruído. Destrozó la única oportunidad que había tenido de recuperar su humanidad. La lanzó por la ventana de la torre más alta del Castillo Oscuro; la enterró en el lugar más oscuro del jardín, junto a una rosa roja como la sangre que le recordaba lo que había ocurrido.

Ella tenía razón. Fue un cobarde, y aún hoy lo seguía siendo.

En lugar de asumir y aceptar lo que sentía, mató a la flor más hermosa del jardín, de su vida. No la asesinó con sus propias manos, de eso era inocente. Sin embargo, la culpabilidad le embargaba al pensar en lo que hizo, en que la envió a una muerte segura. La echó y destruyó su final feliz. Ella había merecido tener el más feliz de los finales y él…

Lo había perdido todo. A su esposa, a su hijo y, más tarde, a la débil luz que alumbró su oscuro camino. Lo echó a perder con todos ellos. Se merecía la soledad, era su justo castigo, mas ésta le consumía en cuanto pensaba en lo afortunado que había sido. Y en la nada que ahora le quedaba.

Sin embargo, estaba dispuesto a recuperar lo único que podía recobrar en aquellos momentos. Su mujer lo abandonó, ella no merecía su atención. Ella, la luz cándida que vió a través de su oscuridad, estaba muerta. A ella no podría recuperarla jamás.

Pero a él, a su hijo, a Bael… A él sí podía tenerlo de vuelta. No sabía dónde se encontraba, tan sólo que se trataba de un lugar sin magia. Por ello estaba allí. Esa era la razón por la que todos se encontraban en aquel mundo sin energía y sin finales felices.

La suerte parecía estar departe de la Reina Malvada, quien ahora era la Alcaldesa del pueblo y controlaba cada movimiento, cada vida que en él se desarrollaba gracias a la maldición que había lanzado y les había llevado allí. Sin embargo, en realidad había sido todo planificado meticulosamente para que Regina creyera tenerlo bajo control. La “Alcaldesa Mills” no sabía realmente cuáles eran las intenciones de aquel hombre ni que pretendía hacer. Para ella sólo existía su felicidad en aquel lugar donde era la soberana y nadie podía hacerle sombra. Donde sólo ella era feliz y nadie podría disfrutar jamás de su vida completamente. Ella creía ferviertemente que de eso trataba la maldición, aunque la realidad era muy diferente.

En aquel pueblo donde Regina gobernaba como jamás podría haber hecho en Fairytale Land, su tierra, nadie recordaba nada sobre sus vidas reales, ni siquiera sus nombres. No conocían nada sobre su pasado. No reconocían a sus familias auténticas, no sabían nada sobre ellos, sólo lo que Regina, la Reina Malvada, había inducido en sus cerebros mediante la maldición que él, Rumpelstiltskin, había creado.

Nadie recordaba nada. Salvo ella, la soberana Alcaldesa de Storybrooke; él, que ya no poseía su magia pero sí la propiedad del 95% del pueblo; y una persona más. Alguien cuya maldición había sido la de recordarlo todo y así sufrir día tras día ver a su hija en brazos de otro padre.

Ese hombre, ése al que muchos tacharían de loco allí a pesar de ser el más cuerdo de todos ellos, llamaba a su puerta. Notaba la urgencia en la llamada, en su voz. No obstante, se tomó su tiempo para abrir. No era su intención ponerle nervioso pero consideraba que nada que tuviese que ver con Jefferson, pues así se llamaba el chico, requería prisa alguna.

Se colocó el traje, ajustó la corbata roja al cuello de la camisa y contempló escasos segundos su reflejo. No, el reflejo del Señor Gold pues el suyo, el real, no era tan… humano.

Suspiró, cogió su bastón y se encaminó, cojeando hacia la puerta, donde Jefferson esperaba impaciente.

Antes de abrir la puerta, a través de la cristalera de colores, vislumbró la sombra del chico y se sorprendió al observar que portaba entre sus brazos a otra persona. No alcanzaba a ver demasiado debido a los gruesos cristales y la propia puerta que se interponía entre ellos; a pesar de ello, sintió una punzada de dolor en el pecho. Unos pequeños pies colgando, frágiles, muertos…

- Gold, abra la puerta – dijo Jefferson, el Sombrerero.

- Tranquilo, muchacho – contestó el Señor Gold extendiendo el brazo libre hacia el pomo, sintiendo las palpitaciones en las sienes -. ¿A qué se debe la visita de tan ilustre Sombre…?

Se le atragantaron las palabras. La ironía, el sarcasmo, todo desapareció por arte de magia. En su mente, durante unos segundos, tan sólo quedó el sonido de cristales rotos, de un juego de té haciéndose añicos contra la pared, el olor de una rosa, unas palabras escupidas a la cara.

"Sólo te quedará un corazón vacío y una taza quebrada"

Se apoyó en el recibidor, confuso, débil, sin fuerzas. Aquello no podía estar sucediendo, no era real. Volvió a mirar a Jefferson, negándose a bajar la mirada, incapaz de contemplar la figura de aquella muchacha.

Reunió las pocas fuerzas que le quedaban para hacerle un ademán al chico para que entrase en la casa, obteniendo como respuesta un leve asentimiento por su parte. El cabello de la muchacha le rozó al llevarla Jefferson en brazos hasta el sofá de la sala, lo que le hizo estremecerse.

No era real. No podía serlo.

- Súbela. Segunda habitación – acertó a decirle Gold, siguiendo al chico escaleras arriba con pasos tambaleantes.

La llevaba con suma delicadeza, con una tranquilidad pasmosa que había escondido hasta ese momento. Recogía su cuerpo con cariño, suavemente, para que la muchacha no se despertara y del mismo modo la dejó sobre la cama.

Gold no le quitó la vista de encima mientras la atendía. Seguía sin atreverse a mirarla directamente, continuaba siendo un cobarde.

Una vez la muchacha estuvo acomodada, aún dormida, el hombre le dedicó unos segundos, sin pararse a contemplar su rostro. Llevaba una bata de hospital, sucia, raída. La piel de las espinillas era de un blanco enfermizo y se le pegaba al hueso…

Sintió cómo la ira y la frustación se apoderaban de él. Aquello no podía estar sucediendo pero si era cierto, si ella estaba allí… Llevó la mano libre a su espalda, justo por debajo del cinturón del pantalón, antes de hablar.

- Bien – susurró el hombre dejando aflorar parte de su rabia através del cañón de la pistola con la que apuntaba a Jefferson -. Ahora, Sombrerero, tomaremos un té y me explicarás qué demonios está ocurriendo aquí, ¿entendido?

Por su bien debería decirle la verdad. O Grace no volvería a estar con su padre ni en Storybrooke, ni en Fairytale Land.